“La ciudad está colapsada, por lo que la bicicleta se ha convertido en una necesidad. ¿Qué mejor manera de hacerlo con algo lindo?”. Patricio Bejas, un estudiante de Psicología, busca palabras para explicar una tendencia mundial: las agonizantes bicicletas oxidadas, esas que parecen sólo chatarra, pero que han sido guardadas como un tesoro por un par de generaciones, han vuelto a las andanzas ya restauradas o personalizadas. La pasión por lo vintage y la necesidad de que se impongan medios alternativos de transporte sostenible les dieron una chance a esos viejos modelos con piñón fijo o fixie (bicicletas que usaban los carteros neoyorkinos).
Patricio y la “Chupacabras”. El primer recuerdo que une a este tucumano de 24 años con la setentosa Fiorenza plegable es el de cuando su abuelo “Chicho” Arancibia los iba a buscar, a él y a sus hermanos, para pasear por el barrio, donde antes las calles eran más tranquilas, con chicos jugando a la pelota y mujeres tomando mate en la vereda. “Mis abuelos vivían en Concepción cuando compraron la bici. Primero fue de mi abuela, Silvia Agnolini, pero la usaban los dos. Cuando vinieron a vivir a la capital mi abuelo un día se cayó y se quebró el tobillo. Entonces la bici quedó mucho tiempo en el patio, se oxidó y estaba casi olvidada. Hasta que la vi y pensé en arreglarla”, recuerda Patricio. Luego pasó por un taller donde la dejaron medianamente usable (“me dejaba a pie porque se rompía seguido la cadena o los pedales”) hasta que decidió invertir para recuperarla de una vez por todas.
En el taller de Gonzalo Robles, estilista de bicicletas -como se hace llamar- nació “la chupacabras”: la misma Fiorenza, pero ahora en color negro, rojo, azul y amarillo, con los rayos nuevos, al igual que los pedales y la silleta, entre otros estrenos y arreglos. “Quiero que esta bici quede en la familia, para mis futuros hijos o los de mis hermanos. Ahora voy a visitarlo yo a mi abuelo en la Chupacabras. Anda un caño y ya no me abandona a mitad de camino”, concluye Patricio.
María Laura y la “Pa Muyuni”. Desde Jujuy llegó su bálsamo. Es que a María Laura Carhuavilca, hace un mes le robaron su bicicleta de toda la vida y su único medio para desplazarse por San Miguel de Tucumán. Ante esto, la jujeña de 27 años, que estudia licenciatura en Teatro se fue a buscar la oxidada bicicleta ítalofrancesa que estaba en un depósito de su casa natal. La rescató, pero esta vez decidió que la iba a hacer tan suya, tan particular, para que cuando alguien la vea identifique que es de ella, de nadie más, que tiene grabada sus raíces en esos caños y ruedas. “Mi abuelo es peruano y el resto somos de la quebrada -comenta María Laura-. Entonces, para personalizarla pensé en la Wiphala (bandera y emblema de la nación Andina). Representa una lucha. Y personalizarla así a mi bicicleta, a mi medio de transporte, es decir: acá estoy y soy consciente de la lucha, de los desalojos de las tierras”.
Gonzalo Robles recomienda que es importante ponerles nombre a las bicicletas recuperadas, porque no se trata sólo de que vuelvan a andar, sino también de hacerlas parte de la vida de cada uno. De hecho, antes de dejarlas como nueva, el estilista de bicicletas habla con sus clientes sobre sus historias familiares o gustos y de ahí surgen las ideas, la creatividad. Después sigue -sí o sí- el cambio de cubiertas y de cadenas y piñones para mejorar la transmisión. “Aquel que quiera recuperar una bicicleta tiene que tener como mínimo el cuadro y la horquilla. Lo ideal es que eso sea lo que se conserve, porque el resto se consigue en el mercado. Luego, a los clientes les doy dos opciones: restaurarla, respetando los parámetros estéticos originales, y eso requiere inversión, o personalizarla, jugando más con la pintura y los accesorios”, describe Robles.
Entre una cosa y otra
Conrado y su híbrida. Una firma aparece entre un montón de hierros y herramientas. “Anarchi” está pintada con sténcil en lo que parece ser una bicicleta con motor realizada por Conrado Caresani. Pero es mucho más que eso. Ese modelo, en el que todavía sigue trabajando, es más corto que una bici promedio, ya que el centro de gravedad es más bajo y desplazado hacia atrás; puede usarse con asistencia eléctrica (con motor eléctrico en una rueda delantera que es desmontable); o como bici con motor de 48cc, de explosión interna; o como híbrida, con asistencia del motor eléctrico en rueda delantera y motor de explosión interna de 48cc en la rueda trasera. Todo eso lo describe el genio mécanico del barrio Kennedy. Algunos lo entienden, como Andrés Gutiérrez, de 20 años, y Enzo Teseira, de 15 años, sus jóvenes aprendices a los que revela todos sus secretos. Esos chicos conocieron a Caresani en una capacitación que el mecánico brinda en una zona de escasos recursos de Las Talitas, y en otros barrios marginales de San Miguel de Tucumán a través del programa Avanzar, organizado por la Secretaría de Articulación Territorial y Desarrollo Local del Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia. “Es una capacitación gratuita para que los chicos aprendan un oficio y también pueden aprender a hacer un medio de transporte. Sólo necesitan unos cuantos caños, un pequeño motor y conocimientos de mecánica”, enumera Caresani, que próximamente inaugurará un taller mecánico en Las Talitas para que esos jóvenes puedan continuar con su nueva profesión: la de crear de la nada bicicletas con motor, con nombre y apellido.
Pintadas con detalles coloridos, revividas con mensajes ocultos, “tuneadas” con estilo retro, recuperadas de entre la chatarra, reforzadas con motores. Las bicicletas tienen otra chance, y ahora se hacen únicas y fuera de serie.